Diez años

Tal día como hoy pero hace exactamente diez años se me ocurrió la idea de crear un blog para hablar sobre el Atlético de Madrid. Llevaba tiempo dándole vueltas. El abandono del infierno de la segunda división no había sido lo que esperábamos y el Atleti andaba en horas muy bajas. No sólo desde el punto de vista deportivo. El Club, siempre a sus cosas, parecía conformarse con ese estatus que rondaba la mediocridad y los medios de comunicación, obsesionados con vivir exclusivamente de lo que generase el monstruo Madrid/Barça, parecían querer limitarse a certificar esa realidad que nos otorgaba un triste papel de bufón.

No es que un servidor pretendiese cambiar el mundo (hubiese sido un ingenuo además de un arrogante) pero tenía claro que opinaba muy diferente de lo que leía, de lo que veía y de lo que escuchaba alrededor. Estaba convencido de que había otras opiniones distintas dentro del universo colchonero pero que luego no aparecían plasmadas en ningún sitio oficial. Creía el tratamiento que se le estaba dando a la historia, a la esencia y al legado del Atleti era completamente erróneo. Tenía que decirlo en voz alta o, al menos, contárselo a mis amigos. 

La salida de Fernando Torres el 4 de julio de 2007 fue la chispa que generó el fuego. Busqué un lugar gratuito para crear blogs, elegí la famosa frase de Calderón de la Barca para decorar lo que venía y me puse a ello. Voilà! 

Diez años más tarde, 621 artículos después, el blog sigue vivo. Ha relatado momentos calamitosos y también situaciones próximas al Nirvana. Ha recogido furia, cariño, pesadez, ansiedad, alegría, melancolía, enfado, emoción, tristeza, ánimo, decepción y otro millón de sensaciones más. Ha relatado partidos esperpénticos pero por el camino hemos sido campeones de Liga, de Copa, de Supercopa, de Europa League, de Supercopa de Europa y hasta hemos tocado por dos veces la maldita Champions. Ha pasado por momentos verdaderamente frustrantes (con apenas una decena de pinchazos) pero he podido también alcanzar el climax como bloguero con aquella crónica de tinte irlandés que me salió en el último partido de Champions del Vicente Calderón (y que tuvo 21800 entradas, lo que es absolutamente excepcional). 

Un millón de gracias a todos los que alguna vez os habéis pasado por aquí en todo este tiempo. De verdad. Para leer, para escribir, para retuitear, para discrepar, para asentir o para lo que fuese. Un millón de gracias. Lo digo de corazón. 

¿Ha merecido la pena? Desde mi punto de vista más personal, sin duda. Desde un punto de vista lógico o comercial (dos conceptos que últimamente la sociedad tiende a tratar como sinónimos), no lo tengo tan claro. Económicamente ha sido una ruina. No sólo no me ha reportado ningún beneficio (ninguno, ni directa ni indirectamente) sino que me ha quitado tiempo para poder obtenerlo de otra manera (aunque lo dudo). Muchas noches de madrugada, horas de sueño, domingos por la tarde o esos momentos al mediodía que de repente quedaban libres, se marcharon tecleando caracteres apasionadamente. Pero en el fondo lo hacía para mí y nadie me puso nunca una pistola para hacerlo. Insisto, ha merecido la pena. Gracias al blog estoy hoy en Los 50, gracias al blog conozco a un montón de gente interesante (dentro y fuera del periodismo) y gracias al blog he vivido a flor de piel lo que es ser del Atlético de Madrid. 

¿Y ahora qué? Pues no lo sé. Diez años es una cifra redonda que invita a plantearse las cosas de forma diferente. El aire huele a cambio de ciclo, además. El mundo del fútbol se plastifica, los nuevos aficionados vienen "exigiendo" mientras a mí sólo me sale aplaudir al equipo actual, los mismos con los que antaño me manifestaba hoy me llaman gilista, nos cambiamos de estadio (algo que me genera más ansiedad de la que debería) y, por alguna razón que desconozco, hasta han decidido que el escudo de mi equipo sea otro. 

Quizá sea el momento de que yo también piense en otra cosa pero no lo sé. No lo tengo claro. Cada vez cuesta más mantener esto vivo (y cada vez me da menos) pero... mola tanto en el fondo. 

Decía el otro día mi amigo Teno que esto de mi blog era como los finales de temporada de las series de Televisión que estaban amenazadas o como el Un, Dos, Tres de TVE. Que había que cerrar el último capítulo decentemente por si luego no renovaban pero que al final, por lo que fuese, siempre volvían.

Me gusta esa idea. 

Dejémoslo ahí. Pasen un verano fantástico y a la vuelta, de una manera u otra, seguro nos seguimos viendo. Un abrazo.

@enniosotanaz


Chau, no va más.

Hacía un rato que habían terminado todos los actos en el Calderón pero yo no quería irme. Sabía que en el momento en el que entrase en el vomitorio sería la última vez que lo haría. Sabía que según bajase esas gastadas escaleras de cemento que he bajado un millón de veces estaría dejando un gran pedazo de mi propia vida. Que estaría despidiéndome de un lugar que me ha servido de referencia para explicar casi todas las cosas, buenas y malas, que me han pasado hasta hoy. Un lugar que aparece siempre en mi relato. Como un eje ortogonal. Como un asidero. Como una brújula. Como una muletilla recurrente que me ayuda a explicarme.

Se va el Calderón, sí. Para siempre. Y quizá debería sentirme afligido (y lo estaré) pero hoy no. No puedo estarlo después del día tan maravilloso que he pasado.

Decía Victor Hugo que la melancolía es la felicidad de estar triste y quizá sea eso. Que puedo convivir tranquilamente con esa especie de tristeza etílica que me ayuda a soñar sin que mis pies se paralicen. Sin ser tan cretino de querer cambiar un pasado que no se puede cambiar. Sin tener que sufrir por cosas que todavía no han ocurrido. Sin obligarme a tener que renunciar voluntariamente a algo a lo que no quiero renunciar. Que me hace sumamente feliz. Sé que volveremos a reír y a llorar y a cantar goles y a beber cerveza y a abrazarnos y despedirnos hasta el siguiente partido. Claro que lo haremos. Exactamente igual que lo hemos hecho hoy. Por mucho que ahora mismo sea incapaz de contener el llanto.

Se va el Calderón, sí, pero se va por la puerta grande. Con los suyos. Con los nuestros. Ganando a nuestros padres fundadores con un juego “sensacional”. “Gustando del fútbol de emoción”. Con un doblete del niño Torres. Coreando los nombres de los héroes que forjaron su leyenda. Soñando con el mañana. Orgullosos de nuestro ayer. Sin aspavientos. Sin ostentación. Siendo el Atleti. Celebrando el título de liga de unas deportistas que han venido para quedarse. Con dignidad y elegancia. Teniendo rematadamente claro lo que queremos y lo que no queremos ser.

Se va el Calderón, sí. Claro que se va. Igual que se fue Ilsa Lund. Igual que se fue Noodles. Con la voz quebrada de Gárate y con la ovación cerrada a Margarita, esa dueña legendaria del córner de Pantic. Con la sonrisa de Futre congelada en el tiempo y el esforzado paseo de Leivinha. Con niños correteando con la camiseta rojiblanca por el campo. Con la megafonía estropeada y los asientos sucios. Con el cielo plomizo y al abrazo de mi compañero de grada. Ese tipo del que lo único que sé es que es del Atleti pero del que no necesito sabe nada más. Con Gabi superado por el peso de una afición que no necesita escucharlo para saber lo que dice. Rodeado de amigos. Con el rostro contenido de Luis Aragonés, que también estaba allí. Con la imagen borrosa de unas lágrimas imposibles de contener. Con el silencio mesiánico que aparecía entre las palabras de Simeone, ese tipo al que le debemos tanto. Con Adelardo y Juan Jose Rubio. Con Irureta y Griezmann. Conmigo. Con mi hermano. Con el Atleti a flor de piel. Con el Atleti en carne viva.

Hacía un rato que habían terminado todos los actos en el Calderón pero no quería abandonar la grada porque me resistía a dejar todo eso en el olvido. Porque no quería que se acabase un día que había sido extraordinario. Porque nunca he querido irme del Vicente Calderón y porque sigo sin entender que tengamos que hacerlo. Porque no quería tener que volver a asumir que las cosas no salen siempre como uno quiere. Pero es en ese momento cuando me he acordado de mi Padre. Como tantas otras veces. Del primero que me llevó a ese campo. De aquel primer día. Del lugar del que salimos para venir a pisar la grada del Vicente Calderón. De mi casa. De mi hogar. De ese minúsculo espacio sin comodidades en el que crecí feliz. De aquel lugar que ya no puedo visitar porque ya no está pero que sé que nunca dejará de existir mientras yo siga vivo. De ese sitio que tengo guardado aquí dentro. Muy dentro.

Entonces lo entendí. Dejé de hacer fotos, lancé un último beso al horizonte, solté un guiño cómplice al césped y me di la vuelta, encarando la salida con una sonrisa en la cara. Tarareando el trozo de una canción que escribió el escocés Mike Scott y que lo explica todo. “Me doy cuenta de que he deambulado muy lejos de casa, pero es que mi casa está conmigo, donde quiera que yo vaya”.

Chau, no va más, que diría Goyeneche.

@enniosotanaz

 Foto de Javier López.