Presente.

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Como bien predijo Maslow en su famosa teoría de la pirámide, los anhelos humanos varían significativamente en función de las necesidades básicas que tengas satisfechas. Simeone heredó hace años una institución en ruinas. Bueno, una institución instalada en la mediocridad que es probablemente mucho peor. Entonces, el grupo de humanos que conformábamos la afición del Atlético de Madrid, teníamos unas carencias demasiado significativas como para poder pensar en otras más elevadas. Cuando el argentino debutaba en Málaga recuerdo que mi mayor ilusión no era la Champions sino que el Atleti no volviese a hacer el ridículo. 

Es evidente que cuando quieres salir de una agujero lo mejor que puedes hacer es dejar de seguir cavando. Simeone, tipo listo, decidió parar la máquina de los los sueños megalómanos y preocuparse exclusivamente del día siguiente. Convenció a los suyos de que la solución nunca llegaría de fuera por más que la esperaran. Que si existía estaba dentro. Que existía. Nos abrió los ojos y nos hizo ver que los rivales no estaban viendo al Atlético de Madrid de nuestros corazones sino a un equipo al que podían ganar fácilmente. Veían eso porque nosotros mismos nos mostrábamos así. Líquidos. Llenos de dudas. Conocedor de la peculiar idiosincrasia colchonera, sabedor también de que suelen ser más generosos precisamente los que no tienen nada, decidió plantar ahí su primer pilar. En la gente. En ese espíritu legendario del que solemos sacar pecho. Sí, quizá con un punto demagogo pero funcionó. Aisló su pequeña república del imperio mediático que tanto mal nos hacía, miró al suelo y se puso a trabajar. 

Simeone construyó su imperio con lo que tenía y no con lo que pidió. Construyó un búnker en el campo porque una de las reglas del fútbol más sólidas dice que si no te meten goles no pierdes. Encontró laterales que no eran. Hizo buenos futbolistas con los que antes eran malos simplemente haciéndoles jugar como equipo. Los jugadores, tan perdidos y humillados como los aficionados, se entregaron en cuerpo y alma viendo que aquello podía funcionar. Apareció la magia. Apareció un equipo. Un equipo que hizo de la necesidad virtud. Que convertía cada marcha de una de sus estrellas en una oportunidad para reinventarse. Un equipo que tenía sólo tres cosas pero que esas tres cosas las hacía de maravilla. 

Algunos años después el Atlético de Madrid es uno de los grandes de Europa. En espíritu y en números. En ese tiempo lo hemos ganado “todo” y si no puedo quitar las comillas para que el concepto sea literal es únicamente por una anécdota y porque, en el fondo, esto es fútbol. 

Algunos años después todo ha cambiado. ¿Todo? Lo mismo ese es el problema. 

Hemos pasado de hacer de la necesidad virtud a hacer de la virtud necesidad. Cuando Falcao se marchó para hacerse millonario el equipo se adaptó al juego de Diego Costa (jugador que ya estaba, que había estado a punto de salir y que había estado cedido antes en mil equipos). Costa rompió en crack. Hoy queremos que Gameiro (que llegó tras un desembolso multimillonario porque así lo exigía una afición que cada vez tendemos más al canibalismo) sea Diego Costa. Antes el Atleti montaba una roca delante de la portería de cualquier estadio del mundo y a todos (menos a los listos de la radio) nos parecía el tercer movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. Hoy exigimos jugarle abierto al Bayern de Munich y ganar con solvencia. Antes no había problema por jugar replegado contra nadie pero hoy todos los equipos (menos los dos de la galaxia corrupta) se cierran como lapas cuando juegan contra el Atleti. Dentro y fuera del Calderón. Antes un empate podía no ser tan mal resultado visto en perspectiva. Hoy no hay perspectiva y un empate es siempre el infierno. 

Alguien pensará que estoy haciendo apología del pasado. Nada más lejos de la realidad. Estoy haciendo apología del presente que es lo que nos ha hecho grandes. El Atleti nunca volverá a ser ese equipo humilde que cogió Simeone. Nunca podrá volver a jugar igual. Ni aunque volvieran Raúl García y Diego Costa. Tampoco será nunca la fotocopia barata del Real Madrid o del Barcelona que pretende ver el aparato mediático (y sus locos seguidores). Una especie de marca blanca que funciona con las mismas instrucciones, los mismos esquemas y los mismos reflejos. 

Ninguna formula es eterna. Simeone nos ha hecho grande sabiendo reinventarse cada día con lo que tenía y eso es lo que hoy hecho de menos. Creo que el manido “cambio de estilo”, tan cacareado en los medios de comunicación, no responde a un capricho estético de nadie sino a una necesidad de guión. Es imposible jugar como antes (si quieres ganar, claro) frente a equipos que, como el Español, plantan ocho jugadores en el área todo el partido. Y no es el Español. Es el noventa por ciento de los partidos que nos vamos a encontrar. Desde el PSV al Leganés. 

Creo que Simeone lo sabe pero que no encuentra la tecla. Resulta que es humano. También creo que el primer pilar sobre el que plantó su proyecto, nosotros, está cediendo. Necesitamos ser conscientes de ello. 

Paciencia.

@enniosotanaz

Adaptación

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Alguien dijo una vez que el fútbol es un estado de ánimo y algo de verdad debe encerrar la manida frase. Lo sabe bien Simeone que fue capaz de convencer a Juanfran de que triunfaría siendo lateral y a Miranda de que ya no cometería más errores. Fue capaz de convencer a un cuestionado Gabi de que sería el eje sobre el que un día pivotaría el equipo y a Tiago de que volvería a jugar en la selección. Hizo creer a Diego Costa que sería mejor que Falcao y a Griezmann de que podría terminar siendo el mejor jugador del mundo si aprendiese a defender. Simeone convenció a la plantilla del año 2014 de que, olvidándose de los listos y de la forma en la que jugaban los demás, siendo intensos, teniendo personalidad y jugando como equipo, nadie podría con ellos. Oye, acabaron ganando la liga a equipos que cuadriplicaban su presupuesto. 

Pero que el fútbol es un estado de ánimo lo sabe también el Aparato que hoy domina el fútbol. Y no le gusta. Que un concepto tan intangible como el ánimo puedo tener influencia letal en una poderosa máquina de ganar dinero es muy peligroso. No puede ser. ¿El ánimo es intangible? Pues se estandariza y se concreta. Igual que las camisetas. El resto se aniquila. Se contra actúa, que para eso somos más, más fuertes y con más dinero. Todo tiene que entrar por el calibre que nos interesa o desaparecer. Ridiculicemos el “partido a partido” desde todos los frentes hasta hacerlo una caricatura. Hoy ya nadie lo usa fuera de la clandestinidad sin parecer ridículo. Centremos recursos y esfuerzos en poner los focos en las “anomalías”. Mejor, suprimámoslas explicándolas según nuestro criterio. Amplifiquemos los resbalones de los apestados. Avisemos al correveidile que hace las veces de seleccionador de que el negocio es bastante más importante que un estúpido juego de pelota. Es más, elijamos nosotros al correveidile. Vendamos a Miranda al Real Madrid las veces que haga falta  (y a Courtois y a Filipe y a Godin y a Giménez, y a Koke y a Saúl y a Griezmann y a Falcao y a Agüero y a…) para que nuestros clientes no tengan tiempo de venirse abajo. Escondamos las virtudes de Gabi debajo de alguna leyenda inventada de Jesé (o de Morata, o de Callejón, o de Lucas Vázquez, o de Nacho, o de Borja Mayoral, o de…). Vender y volver a vender. Lo mismo. No inventemos. Pactemos con la parte catalana del universo el reparto del pastel. Habilitemos al jurado popular de la Santa Inquisición para apedrear sin piedad a un jugador, top en Europa, que ha tenido la desfachatez de usar la camiseta incorrecta y renunciar a la selección de su país para jugar con la nuestra. En lugar de denunciar la estupidez comerciémosla. Hagamos que la soberbia, el egoísmo y la intolerancia sean ejemplos de vida. ¡Aaaú! Financiemos a mercenarios en el borde de la alfabetización para que distingan ente intensidad y violencia extrema en los momentos precisos. Reinventemos el concepto de penalti como herramienta para tapar los incómodos “huecos” del sistema. Inundemos todo de ruido para que no exista posibilidad de escuchar la música. 

Están ganando. El estado de ánimo de parte de la afición colchonera ya se mide con los modos, las reglas y la máquina de ponderar del Aparato. El resto somos frikis. Malas hierbas. Radicales. Tipos sin humor. Ya no son minoría los que hablan de haber dilapidado “vergonzosamente” el “objetivo” de la Liga (sin tener en cuenta que somos un equipo que ha ganado tres ligas en 45 años y que ningún otro equipo terrenal ha ganado más que nosotros). Ya se habla de jugar bien o mal pero entendiendo por bien o mal exactamente lo mismo que se entiende en la redacción de Onda Cero, o de AS, o de TVE o de Real Madrid TV, porque en el fondo son la misma. Hablan de equipo millonario y poderoso (sin mirar los ingresos por venta, el balance o la deuda). Miran por encima del hombro a los que ven en la otra esquina del universo cuando realmente siguen estando ahí al lado. Ahora hay que echar a Juanfrán y a Gabi y a Correa y a Giménez hasta a Oblak por no parar penaltis, porque la ceguera de seguir el rodillo mediático impide saber que Oblak ha parado la mitad de los penaltis que le han tirado desde que está en el Atleti. Hay que colgar a Simeone por las mismas razones que, entre chistes de gangosos, argumentan Los Manolos. Ahora se pita con el hígado en la garganta una derrota y hasta una ocasión fallada porque es “intolerable”. Mejor comprar camisetas fluorescentes que aprender historia. Mejor drogarse que intentar disfrutar del camino. Hay que olvidar cualquier pasado (y cualquier futuro) para centrarse en ese presente, glotón y zafio, en el que todos nos parecemos demasiado. Ahora tenemos que ser de jugadores y no de equipos. Ya no hay crédito, ni esencia, ni identificación, ni espíritu. Ahora sólo podemos alimentarnos de victoria sin pararnos a pensar que, de ser así, estaríamos muertos. 

No cuenten conmigo. Yo soy aficionado a otra cosa. Puede que tengan razón y esa cosa ya no exista pero el día que sea consciente de ello me marcharé y dejaré de ser aficionado. Así de simple. Adaptarme, simplemente, no me interesa.

@enniosotanaz