Niños malcriados

Los niños malcriados no piden. Exigen. No quieren. Necesitan. No sueñan. Consumen. Los niños malcriados creen que todas las cosas son suyas. No comparten con los demás porque los demás son imbéciles. No conocen pasado ni futuro porque ellos se dedican a masticar el presente para tirarlo al vertedero cuando pierde sabor. No dan crédito porque no tienen memoria. Los niños malcriados sólo dan besos si es a cambio de regalos. Cuando no hay regalos los besos se cambian por insultos, patadas y pataletas. Los niños malcriados no aman. Negocian. No hablan. Chillan. No opinan. Insultan. No razonan. Imponen. Desprecian lo que no les sirve. Da igual si es un apósito o un familiar cercano. Los niños malcriados creen tener muchos derechos y pocos deberes. Confunden criterio con ladrido. Pensamiento con queja. Los niños malcriados lo quieren todo y lo que quieren ya, pero ni siquiera saben para qué lo quieren. 

Acudir al Calderón se está convirtiendo en un sacrificado ejercicio de paciencia. Paciencia para acompañar al equipo en esa sacrificada transición que ha emprendido hacia un lugar del que no debió marcharse, y MUCHA paciencia para soportar a esa tribu de niños malcriados que poco a poco están conquistando la grada del coliseo colchonero. 

El partido contra el Betis ha sido malo. Soporífero en muchos momentos. Y es una pena porque el equipo salió bien al campo. Dueño del balón, con actitud, con ganas y con Gaitán jugando en manga corta bajo el relente madrileño. Al argentino se le veía con ganas y eso le hizo estar en el momento justo y el lugar adecuado. Corría sólo el minuto ocho cuando enganchó un rechace en el área para meter el balón en la portería. Fueron los mejores diez minutos del Atleti. Los únicos realmente. A partir de ahí, obsesionado por la referencia de Torres en el ataque, el equipo se limitó a cerrar filas y mandar absurdos balones en largo que por supuesto perdíamos. Desapareció el centro del campo, desapareció el control y desapareció el juego. El Betis, que había salido con cierto complejo de inferioridad, empezó a creérselo. Aupado en un excelente jugador llamado Ceballos (¡partidazo!) se fue a comerse al rival. Y casi se lo come. Si en el fútbol hubiese justicia es probable que los sevillanos se debieran haber ido al menos con un empate, aunque, para ser justos, apenas tuvo ocasiones de gol y esa es una buena noticia para los rojiblancos. 

El Atleti no está bien pero eso ya lo sabíamos. Simeone sigue haciendo experimentos y la falta de confianza se ha instalado peligrosamente en los engranajes más importantes del equipo. Insisto, ya los sabíamos. También sabíamos que una situación así sólo se revierte con resultados favorables y no con tacones o pases de filigrana. Con resultados recuperaremos la contundencia y la personalidad granítica de antaño. Después vendrá todo lo demás. Y ojo, no perdamos el norte. Incluso cuando ganamos la liga jugando bien resultó que jugábamos mal. 

Pero nada de esto parece entenderlo esa cohorte de nuevos atléticos, algunos muy viejos, que asimilan esto del fútbol de una forma completamente antagónica a la mía. Tengo por ejemplo una colección de señores en la fila de atrás que se pasan el partido insultando a Gabi. ¡A Gabi! Vrsaljko es cojo, Juanfran está acabado, Saúl es una mierda, Moya un inútil, Koke un vago (¡Koke!), Griezmann un niñato y mejor me ahorro los insultos racistas que le soltaban el año pasado a Jackson Martínez porque me da vergüenza hasta reproducirlo. ¿Son mayoría? No, pero son a los únicos que escucho. Se han hecho fuertes y, como niños malcriados que son, están convencidos de ser los dueños del espacio y del tiempo. Creen que dar su opinión en un país democrático es eso. 

¿Y el resto de la gente? El resto discutimos entre nosotros y nos dividimos entre los que se van asqueados, los que se gastan en causas menores y los que no quieren ver lo que está pasando.

Algún representante de esa fauna invasora pero con cierta capacidad para construir frases, me justificaba luego en Twitter que si el “juego” del equipo era tan espantoso ellos tenían derecho “a decir algo”. Que tienen derecho a “exigir”. A “quejarse”. A “dar su opinión”. Que hay que “tirar lo que no vale”. Vuelvan a leer el primer párrafo. 

La solución sólo puede pasar por la educación pero Papá club está a sus cosas quedándose tarde en la oficina, ganando dinero y pasando de todo. El maestro periodista tampoco ayuda. Fascinado por la luz fluorescente del fútbol moderno y rehén de su propia manutención, les dice encima que hacen bien. Que potencien su histerismo porque eso genera información. Que esa es la actitud. Que hablen como ellos. Que piensen como ellos. Que todas las aficiones son iguales. Que sigan las enseñanzas de esa homeopatía llamada “prensa deportiva”. 

Al final, sedimentado el cabreo, lo único que me queda claro es que yo no me pienso ir. Esperaré a que se marche ellos. Sé que lo harán en cuanto se les rompa el juguete.

@enniosotanaz

Queda velada

El Atlético de Madrid terminó el año 2016 con la mirada perdida. Un fin de temporada traumático, un verano extraño, un nuevo ciclo cargado de incertidumbre, experimentos que no salían, fichajes que no tapaban los agujeros, la rodilla de Augusto, una afición que crecía en cantidad pero no en calidad, un estadio en ciernes, un presunto nuevo escudo que parece pergeñado en un local oriental de confección textil, analistas proclamando a los cuatro vientos que “ahora sí” se juega al fútbol, una creciente ola de histerismo en ese sector de la grada que ha trasladado sus aspiraciones a una elitista urbanización de lujo (cutre), el hombro de Oblak y ese permanente linóleo viciado que los Notarios de la Realidad usan para engrasar la máquina de crear problemas, terminaron por hacer que el equipo colchonero besase la lona. 

Pero sonó la campana y los de Simeone lograron levantarse antes de que el réferi descontase completamente el número diez. El combate no había terminado.

Esa parte de la familia rojiblanca que todavía piensa cerró las ventanas por navidad y entendió que la solución nunca iba a venir de fuera. Ni de esa dirigencia sospechosa que navega siempre entre los hilos de la verosimilitud, ni de esos pastores de la secta del fútbol moderno que escriben (o hablan) disfrazados de analistas, ni de esa parte histérica de la grada que ha adoptado los modos de la caverna carroñera. No. La solución, si existe, está dentro y no fuera. 

Se taparon las heridas con vaselina y se asumió el dolor sin dobleces. Los jugadores dejaron de soñar en alto, olvidaron los remedios de los vendedores de crecepelo, apretaron la mandíbula y se metieron en ese vagón del “partido a partido” que no deberían haber dejado nunca. La dirigencia cerró la boca y dejó de organizar saraos para el Establishment. Simeone dedicó las tardes de invierno a realizar tournées por los medios hostiles para sorprender a los rapsodas del mainstream con frases y mensajes que lleva cinco años repitiendo pero que esos mismos rapsodas del mainstream siguen sin escuchar. 

Y pasó el tiempo. 

El Atleti volvió ayer al cuadrilátero y lo hizo muy bien. Parapetado en esa guardia férrea y clásica que, insisto, nunca debió de haber abandonado. Contuvo a la Unión Deportiva Las Palmas (un equipo que hacía un año que no perdía en casa) en una primera parte cargada de intensidad, generosidad en el esfuerzo y concentración. Ajeno a las luces de candilejas y al Champagne Rosé. Probando a Juanfrán en el interior (experimento que a mí personalmente no me gustó) pero dando la oportunidad de lucirse a un Vrsaljko que crece en el equipo según pasan las horas. Adelantando la presión. Tirando de agresividad. Dedicándose a lo suyo. A jugar al fútbol. Sí, al fútbol. 

Saúl, con esa capacidad que tiene para arrollar al rival, robó un balón en la línea de tres cuartos que acabó con un mal pase lateral y un rechace en la frontal del área. Koke, otro de los renacidos, incrustó el balón con sutileza en la portería contraria. 0-1. Hubo algún momento de zozobra en los minutos previos al descanso pero el Atleti los solventó como mejor sabe hacer en estas circunstancias. Apretando los dientes. 

La segunda parte fue otra cosa. El Atleti se pareció al Atleti. No recuerdo una sola ocasión de los canarios (Moyá estuvo prácticamente inédito) pero si varias de los madrileños. Muchas de un Gameiro que sigue saturado de ansiedad y que necesita cambiar de dinámica cuanto antes si no quiere acabar en anécdota. Tengo la sensación de que está a punto de ocurrir. O empieza a meter goles (sí, goles, porque el resto de cosas las hace muy bien pero no hacen tanta falta) o habrá que empezar a barajar alternativas. 

Hubo otro gol. Una obra de orfebrería diseñada por el nuevo lateral derecho croata, pulida por ese mismo Gameiro que no ve puerta y ejecutada por otro francés, Griezmann, que volvía de esta forma a dormir con el gol. 0-2. Gran resultado. 

Los jugadores enfilaron el túnel de vestuarios empapados en sudor. Con la mirada al frente y el rostro serio. Parecían tranquilos frente a los micrófonos de la guapa periodista que les esperaba a ras de césped (por alguna razón siempre tiene que ser una guapa periodista la que esté ahí) pero no sonreían. Saben lo que hay. Decían que esto no había hecho más que comenzar. Que había que seguir trabajando. Que “partido a partido”. Bien. 

Quedan todavía muchos asaltos y parece que la esquina le ha venido bien al púgil. Ojo. Sigan cerrando las ventanas y haciendo oídos sordos a los vendedores de chuches porque queda velada. 

@enniosotanaz